Ir a por setas tiene algo especial. El silencio del bosque, el olor de la hojarasca húmeda y la satisfacción cuando entre las hojas aparece un robusto boletus hacen que para muchas personas sea uno de los rituales más placenteros del final del verano y del otoño. Antes de, eso sí, adentrarnos entre los árboles, conviene pensar no solo en qué setas recoger, sino también en dónde meterlas.
Un cubo de plástico o una bolsa de plástico parecen una solución cómoda. Son ligeros, baratos y casi siempre están al alcance. Desgraciadamente, este modo de almacenar las setas del bosque puede empeorar mucho su calidad. Las setas son productos especialmente perecederos, ricos en agua y propensos a estropearse con rapidez, por eso necesitan un recipiente ventilado. Precisamente por eso, de generación en generación, para el bosque se lleva sobre todo una cesta de mimbre para setas.

¿Qué les pasa a las setas cerradas en plástico?
Las setas recién recogidas contienen mucha agua y son muy delicadas. Cuando las ponemos en una bolsa de plástico, la humedad no tiene posibilidad de evaporarse libremente. En el interior se hace pronto cálido, húmedo y asfixiante, sobre todo si la recolección dura varias horas o tiene lugar en un día caluroso.
En esas condiciones las setas empiezan a sudar y a cocerse en su propio jugo. Pierden firmeza, se ablandan y se humedecen, y sobre todo se estropean mucho más deprisa. La falta de una circulación de aire adecuada también favorece el desarrollo de bacterias y moho. Por eso incluso una seta correctamente identificada como comestible puede no ser apta para el consumo si ha estado almacenada de forma inadecuada durante mucho tiempo.
Con el deterioro de las setas se desencadenan procesos naturales de descomposición. A mayor temperatura, más humedad y menos aire fresco, más rápido pueden avanzar estos procesos. Como resultado, las setas recogidas pueden cambiar de olor, consistencia y aspecto, y su ingestión puede provocar problemas estomacales. Por eso no conviene evaluar la seguridad de la cosecha solo por el hecho de haber encontrado una especie comestible. Igualmente importante es en qué condiciones las setas llegaron del bosque a nuestra cocina.

Un problema similar se da con un cubo de plástico normal. Ciertamente sus paredes rígidas protegen mejor las setas de aplastamientos que una bolsa, pero siguen limitando el acceso del aire y dificultando la evacuación de la humedad. Si queremos usar un recipiente de material plástico, una mejor opción es una cesta ventilada apta para el contacto con alimentos. Sin embargo, la elección más tradicional y probada sigue siendo una cesta de mimbre para setas, en la que la cosecha puede “respirar” libremente durante todo el trayecto por el bosque.
La bolsa de plástico también perjudica la calidad de la cosecha
El problema con la bolsa no termina en la falta de ventilación. En una bolsa blanda las setas se mueven con cada paso. Los ejemplares más grandes presionan a los más pequeños, los tallos se rompen y los delicados sombreros quedan aplastados. Cuantas más setas haya en la bolsa, mayor será la presión sobre las que quedan en el fondo.
Una seta dañada se estropea más rápido que un ejemplar que conserva su estructura. Las grietas y los tejidos aplastados liberan agua y jugos celulares, y el contenido de la bolsa se vuelve todavía más húmedo. Tras varias horas de paseo por el bosque, el resultado puede estar lejos de lo esperado: en vez de boletus firmes o níscalos, llevamos a casa una cosecha rota y empapada.
También conviene tener cuidado con los recipientes de plástico encontrados por casualidad en el garaje o en el cuarto de herramientas. No todo cubo de plástico está pensado para el contacto con alimentos. Los recipientes de uso industrial o técnico pueden estar hechos de materiales para los que el fabricante no ha previsto el almacenamiento de productos alimentarios. En vez de preguntarnos si un plástico concreto es adecuado, merece la pena optar por una solución diseñada para transportar productos naturales.

¿Por qué la cesta de mimbre para setas es la mejor opción?
La clásica cesta de mimbre para setas puede parecer un elemento de la tradición forestal, pero su construcción responde exactamente a los problemas que causa el plástico. La trenza no crea una barrera hermética. Entre las varillas de mimbre quedan espacios naturales que permiten que el aire circule alrededor de la cosecha y que el exceso de humedad se evapore con más facilidad.
Igualmente importante es la rigidez de la cesta. Sus paredes y su base estable protegen las setas de aplastamientos accidentales. Los ejemplares pueden colocarse con mucha más holgura que en una bolsa, de modo que los sombreros permanecen enteros y las setas mantienen mejor su estado durante el trayecto del bosque a casa.
La trenza abierta tiene además otra propiedad. Los ejemplares maduros liberan enormes cantidades de esporas, y la estructura abierta de la cesta no constituye un obstáculo hermético. Parte de ellas puede, durante el paseo, caer de nuevo sobre el suelo del bosque. Esto no significa, por supuesto, que detrás de cada buscador vaya a surgir automáticamente un nuevo micelio: su desarrollo depende de condiciones ambientales adecuadas. Aun así, una cesta ventilada armoniza mucho mejor con el espíritu de la recolección que una bolsa de plástico hermética.
Las setas necesitan ventilación, protección frente al aplastamiento y, a ser posible, un rápido procesamiento al volver del bosque. La bolsa de plástico no les ofrece esas condiciones, y un cubo de plástico hermético tampoco es la mejor elección. Así, la tradicional cesta de mimbre para setas resulta la solución más adecuada: es ventilada, reutilizable, duradera y funcional. Lo más importante es que ayuda a llevar la cosecha a casa en mucho mejor estado. Si buscas una cesta que combine practicidad con la belleza natural de la artesanía tradicional, en la colección The Wicker Stories encontrarás cestas de mimbre tejidas a mano pensadas para muchas temporadas de salidas al bosque.
